Sordidísimos. Capítulo primero.

Una esposa ve a su primer marido en un estado miserable, con el cuello del sobretodo alzado y mendigando en la calle. El semáforo se pone verde. Ella frena, estaciona el auto al borde de la vereda. Mira, estupefacta.
No puede creer lo que ven sus ojos. Baja la ventanilla. Mira.
De pronto, él la ve.
Y la reconoce.
Mueve los labios sin saber qué decir.
Poco a poco sus labios empiezan a temblar.
Frente a ella, a la distancia, su exmarido se pone a llorar como un nene. Estira la mano hacia ella.
Sus lágrimas se deslizan silenciosamente por su cara mientras estira la mano hacia ella, con la cabeza apenas inclinada hacia un hombro, titubeando, suplicando. Se acerca.
Se acerca cada vez más rápido.
Su actitud es tan perturbadora que ella pone primera y se va.
No puede evitarlo: se va mientras él corre hacia ella.
De vuelta en su casa, se enferma casi de inmediato. Se pregunta: “¿Por qué no le hablé? ¿Cómo es posible? ¿Pero seguro que era él? ¿No será más bien alguien parecido? ¿Tenía un hermano que no conocí?”. El recuerdo la tortura. Vuelve varias veces a esa calle. Y siempre se detiene frente al cesto de chapa donde el mendigo se apoyaba. Pasa horas en esa calle. No lo ve nunca más.

Pascal Quignard (Sordidísimos, 2005)

Traducción: Carlos Schilling

Fotografía original: Alejandro Castellani

Sé el primero en comentar

Deja un comentario