Superar el activismo

Los Expertos
Por “mentalidad activista” me refiero a las personas que piensan en sí mismas principalmente como activistas y como pertenecientes a una amplia comunidad de activistas.

El activista se identifica con lo que hace y piensa en ello como su papel en la vida, de la misma manera que un trabajo o carrera. Del mismo modo algunas personas se identificarán con su trabajo (como un médico o un profesor), y en lugar de ser eso solamente algo que hacen, se convierte en una parte esencial de la imagen que proyectan de sí mismos.
El activista es un especialista o un experto en el cambio social. Pensar en uno mismo como activista significa pensar en uno mismo como alguien de algún modo privilegiado o más avanzado que los otros en su apreciación de la necesidad del cambio social, en los conocimientos de cómo conseguirlo y sobre cómo liderar o estar al frente de la pelea práctica por crear este cambio.
El activismo, como todos los roles expertos, tiene su base en la división del trabajo –es una tarea especializada separada de las demás-. La división del trabajo es el cimiento de la sociedad de clase, donde la división fundamental es la del trabajo mental y el trabajo manual. La división del trabajo opera, por ejemplo, en la medicina o la educación. En lugar de que curar y criar a niños sea un conocimiento general y tareas en las que todos participen, estos conocimientos se convierten en propiedad especializada de doctores y profesores, expertos de los que debemos depender para que hagan estas cosas por nosotros. Los expertos guardan celosamente las destrezas que tienen y las mistifican. Esto mantiene a las personas separadas e impotentes y refuerza la sociedad de clase jerárquica.

Una división del trabajo implica que una persona asume un papel en representación de muchos otros que renuncian a esta responsabilidad. Una separación de las tareas quiere decir que otras personas harán tu comida y tu ropa, y te proporcionarán electricidad mientras tú sigues con tu tarea de conseguir el cambio social. El activista, como experto en el cambio social, asume que las otras personas no están haciendo nada para cambiar sus vidas y por esto siente un deber o una responsabilidad de hacerlo en su nombre. Los activistas piensan que están compensando la falta de la actividad de otros.

Definirnos a nosotros como activistas significa definir nuestras acciones como las que provocarán el cambio social,  ignorando por lo tanto la actividad de miles de otros no-activistas. El activismo está basado en la falsa idea de que son solamente los activistas los que generan el cambio social mientras que por supuesto la lucha de clases transcurre constantemente.

Los Roles
El rol del “activista” es un rol que asumimos de la misma forma que el de policía, padre o sacerdote, una extraña forma psicológica que usamos para definirnos a nosotros mismos y a nuestra relación con otros. El “activista” es un especialista o experto en el cambio social. Sin embargo, mientras más nos aferramos a este rol y noción de quien somos, más impedimos el cambio que deseamos. Una revolución verdadera implicará la desaparición de todos los roles preconcebidos y la destrucción de toda especialización, la reclamación de nuestras vidas. El tomar el control de nuestros propios destinos (en esto consiste el acto de la revolución) involucrará la creación de nuevas identidades y nuevas formas de interacción y de comunidad. Los “expertos” solamente pueden ser un obstáculo.
La Internacional Situacionista desarrolló una crítica severa de los roles y particularmente del rol del “militante”. Su crítica estaba dirigida en mayor parte contra las ideologías de izquierda y social-demócratas, al ser las principales en ese momento. Aunque estas formas de alienación todavía existen y están claramente a la vista, en nuestro entorno encontramos con más frecuencia al activista liberal que al militante de izquierda. Sin embargo, comparten muchas características en común (lo cual por supuesto no es ninguna sorpresa).

El Situacionista Raoul Vaneigem definió los roles de esta manera: “Los estereotipos son las imágenes dominantes de un período…. El estereotipo es el modelo del rol; el rol es una forma de comportamiento. La repetición de una actitud crea un rol”. Desempeñar un rol es cultivar una apariencia de negligencia para todo auténtico ser: “sucumbimos a la seducción de actitudes prestadas”. Como “actores” que desempeñamos un rol caemos en la falta de autenticidad –reduciendo nuestras vidas a una serie de clichés, “convirtiendo [nuestro] día en una serie de poses escogidas más o menos inconscientemente entre el rango de los estereotipos dominantes”.
Justo como la pasividad del consumidor es una pasividad activa, la pasividad del espectador reside en su habilidad de asimilar los roles e interpretarlos de acuerdo con las normas oficiales. La repetición de imágenes y estereotipos brinda un juego de modelos del que todos debemos escoger un rol”. El rol del militante o del activista es sólo uno de estos roles, y allí, a pesar de toda la retórica revolucionaria que va con él, yace su conservadurismo.
La actividad supuestamente revolucionaria del activista es una rutina aburrida y estéril, una repetición continúa de algunas acciones sin potencial de cambio alguno. Los activistas probablemente resistirían al cambio si se produjera porque afectaría las certezas fáciles de su rol y el bello y cómodo refugio que han construido para sí. De la misma manera que los dirigentes sindicales, los activistas son eternos representantes y mediadores. Al igual que los dirigentes sindicales estarían contra sus trabajadores si estos tuvieran éxito en su lucha –ya que esto los dejaría sin posibilidad de ejercer su rol–, el rol del activista es amenazado por el cambio. Efectivamente la revolución, o incluso cualquier movimiento verdadero en esa dirección, perturbaría profundamente a los activistas al privarlos de su rol. Si todos se están convirtiendo en revolucionarios entonces ya no se es tan especial, ¿o sí?

¿Así que por qué actuamos como activistas? ¿Simplemente porque es la alternativa más fácil? Caer en el rol del activista es fácil porque se ajusta a esta sociedad y no la desafía: el activismo es una forma aceptada de disenso. Incluso si como activistas estamos haciendo cosas que no son aceptadas y son ilegales, la forma misma del activismo es como si fuera un trabajo, lo cual quiere decir que encaja en nuestra psicología y nuestra crianza.

El rol del activista tiene cierta atracción precisamente porque no es revolucionario.

No necesitamos más Mártires
La clave para comprender tanto el rol del militante como el del activista es la abnegación, el sacrificio del ser propio hacia “la causa”, que es identificada como algo separado del propio ser. Esto, por supuesto, no tiene nada que ver con la verdadera actividad revolucionaria que es el apoderamiento del propio ser. El martirio revolucionario, en efecto, va de la mano con la identificación de alguna causa como algo separado de la propia vida –una acción en contra del capitalismo que identifica el capitalismo como algo “allá afuera” en la ciudad está básicamente errada, el verdadero poder del capital está aquí mismo en nuestra vida diaria, recreamos su poder todos los días porque el capital no es una cosa sino una relación social entre las personas (y por lo tanto clases) mediada por cosas-.

El activista hace de la política algo aburrido y estéril, y aleja a las personas de ella, pero interpretar el rol eventualmente también termina perjudicando al mismo activista. El rol del activista causa una separación entre el fin y los medios: la abnegación implica crear una división en la revolución como amor y placer en el futuro pero deber y rutina en el presente. La cosmovisión del activismo es dominada por la culpa y el deber, porque el activista no está luchando a favor de sí mismo sino por una causa separada: “Todas las causas son igualmente inhumanas”.
Como activista se deben negar tus propios deseos porque tu actividad política es definida de tal forma que estas cosas no cuentan como “política”. Pones a “la política” en un compartimento separado del resto de tu vida, como si fuera un trabajo… Haces “política” de 9 a 5 y luego te vas a casa y haces otra cosa. Y como está en un compartimento separado, la “política” permanece inmune a toda consideración práctica de eficacia en el mundo real. El activista se siente obligado a seguir ejecutando de manera autómata la misma vieja rutina todos los días, sin detenerse o considerar lo que está haciendo. El activista es mantenido ocupado y lidia con su culpa golpeando su cabeza contra una pared, si es necesario.

Parte de ser revolucionario debería ser saber cuándo hay que detenerse y esperar. Debería ser importante saber cómo y cuándo atacar para lograr una máxima eficacia y también cómo y cuándo NO atacar. Los activistas tienen esta actitud de “¡Debemos hacer algo ahora!” que parece alimentada por la culpa. Esto es completamente anti-táctico.

La abnegación del militante o del activista es reflejada en su poder sobre otros como experto –de la misma manera que en una religión hay una clase de jerarquía basada en el sufrimiento y la rectitud. El activista asume el poder sobre otros en virtud de su grado más grande de sufrimiento (los grupos de activistas “no-jerárquicos” en realidad constituyen una “dictadura del más comprometido”). El activista usa la coerción moral y la culpa para ejercer poder sobre otros menos experimentados en la teología del sufrimiento. La subordinación de sí mismos va de la mano con la subordinación de otros por ellos –todos esclavizados por “la causa”-. Los militantes y activistas abnegados atrofian sus propias vidas y su propia voluntad de vivir, generando una amargura y una antipatía hacia la vida que se vuelve hacia afuera para marchitar todo lo demás. Son “los grandes despreciadores de la vida… los partisanos de la abnegación total… sus vidas retorcidas por su monstruoso ascetismo”. Podemos ver esto en nuestro propio movimiento, por ejemplo in situ, en el antagonismo entre el deseo de holgazanear y pasarlo bien versus la ética llena de culpa de trabajar/construir/fortificar/armar barricadas y en la pasión a veces excesiva con que se denuncia los descansos o pausas. El mártir abnegado se ofende e indigna cuando ve a otros que no se están sacrificando. De la misma manera que cuando el “trabajador  honesto” ataca con saña al haragán sabemos que esto se debe a que en realidad odia su trabajo y el martirio que ha hecho de su vida y odia ver alguien librarse de ese destino, odia ver a alguien que se divierte mientras está sufriendo –debe arrastrar a todos a la mugre junto con él–, una igualdad de la abnegación.

En la vieja cosmología religiosa, el mártir exitoso fue al cielo. En la cosmovisión moderna los mártires exitosos pueden aspirar a quedar en la historia. La abnegación más grande, el éxito más grande en crear un rol (o incluso mejor, en diseñar uno por completo para que las personas lo imiten –por ejemplo el eco-guerrero) gana una recompensa en la historia –el cielo burgués.
La vieja izquierda era muy abierta en su llamado para el sacrificio heroico: “¡Sacrifíquense con alegría, hermanos y hermanas! ¡Por la Causa, por el Orden Establecido, por el Partido, por la Unidad, por la Carne y las Papas!”. Pero en estos días es mucho más velado: Vaneigem acusa a los “jóvenes izquierdistas radicalizados” de “entrar el servicio de una Causa, la “mejor” de todas las Causas. El tiempo que tienen para la actividad creativa lo despilfarran en repartir planfletos, poner afiches, manifestarse o abuchear a políticos locales. Se convierten en militantes, fetichizando la acción porque otros están pensando por ellos”.
Ello nos resulta familiar, particularmente lo de fetichizar la acción. En grupos de izquierda los militantes participan en interminables trabajos de rutina porque el jefe de grupo o el gurú ya tiene delineada la “Teoría”, la cual sólo puede aceptarse y engullirse: la “línea” del partido. Con los activistas de acción directa es algo ligeramente diferente: la acción es fetichizada, pero por la aversión hacia cualquier teoría.

No es suficiente simplemente el buscar conectar a todos los activistas del mundo, ni tampoco tratar de transformar a más personas en activistas. Contrariamente a lo que algunas personas pueden pensar, no estaremos más cerca a una revolución si muchas personas se hacen activistas. Algunas personas parecen tener la extraña idea de que lo que hace falta es que todos sean persuadidos de algún modo en hacerse activistas como nosotros y entonces tendremos una revolución. Vaneigem dice: “La revolución es hecha todos los días a pesar de, y en oposición a, los especialistas de la revolución”.

El militante o activista es un especialista en el cambio social o la revolución. El especialista recluta a otros en su propia área diminuta de especialización para incrementar su propio poder y por lo tanto disipar la comprensión de su propia impotencia. “El especialista… se enrola a sí mismo para enrolar a otros”. Como un esquema de venta en pirámide, la jerarquía se auto-replica: sos reclutado y para no estar al final de la pirámide, tenes que reclutar a más personas para que estén debajo tuyo, quienes después harán exactamente lo mismo.

La reproducción de la sociedad alienada de los roles se consume a través de los especialistas.

Jacques Camatte en su composición “Sobre la organización” (1969) llega a la sagaz conclusión de que las agrupaciones políticas terminan siendo como “pandillas” que se definen por la exclusión: a menudo la primera lealtad de los miembros es hacia al grupo en vez de hacia la lucha. Su crítica es aplicable especialmente a las miríadas de sectas izquierdistas y grupúsculos a las que estaba dirigida, pero es aplicable también aunque en menor grado, a la mentalidad activista.
El grupo político o partido sustituye por propia iniciativa al proletariado, y su propia superviviencia y reproducción se convierten en primordiales. La actividad revolucionaria se convierte en sinónimo de “construir el partido” y reclutar miembros. El grupo tiende a creer que goza de una apreciación única de la verdad y todos fuera del grupo son tratados como idiotas con necesidad de ser educados por esta vanguardia.

En lugar de un debate igualitario entre compañeros conseguimos la separación de teoría y propaganda, donde el grupo tiene su propia teoría, que es guardada casi en secreto en la creencia de que los candidatos a entrar no tienen todavía la capacidad mental suficiente para comprenderla y deben ser atraídos hacia la organización con alguna estrategia de populismo. Este método deshonesto de lidiar con aquellos en el exterior del grupo es similar a un culto religioso, pero ellos nunca te dirán por adelantado que lo son.

El activismo como un todo tiene algunas de las características de una “pandilla”. Las pandillas activistas a menudo pueden terminar siendo alianzas de clase, incluyendo a toda clase de liberales reformistas porque también ellos son “activistas”. Las personas se conciben principalmente como activistas y su lealtad primaria es a la comunidad de activistas y no a la lucha en sí. La “pandilla” es la comunidad ilusoria, distrayéndonos de crear una comunidad más amplia de resistencia. La esencia de la crítica de Camatte es un ataque a la creación de una división interior/exterior entre el grupo y la clase. Tendemos a pensar de nosotros mismos como activistas y por lo tanto como seres distintos y con intereses diferentes de la masa de personas de clase obrera.

Nuestra actividad debería ser la expresión inmediata de una lucha real, no la afirmación de la diferencia y la separación de un grupo especial. En los grupos marxistas la posesión de la “teoría” es lo que determina el poder. Es diferente en el entorno activista, pero no tanto. La posesión de un “capital social” relevante –conocimientos, experiencia, contactos, equipamiento, etc.– es lo que determina el poder.

El activismo reproduce la estructura de esta sociedad en sus operaciones: “Cuando el rebelde empieza a creer que está luchando a favor de un bien mayor, el principio autoritario consigue una marca (filip)”. Este no es un tema trivial, pero está en la base de las relaciones sociales capitalistas.

El capital es una relación social entre las personas mediada por cosas. El principio básico de la alienación es que vivimos nuestras vidas al servicio de una cosa que nosotros mismos hemos creado. Si reproducimos esta estructura en el nombre de una política que se declara anti-capitalista, hemos perdido antes de empezar.

No puedes luchar contra la alienación con medios alienados.

Andrew X (Superar el activismo)

Traducción: Ricardo Fuego

Fotografía original: Pau Buscato

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