Tesis (como una canción infantil)

1) El sujeto político de la democracia es la población, o sea, un conglomerado de cuerpos éticamente heterogéneos, a gestionar y a administrar.

2) El ciudadano, el átomo que constituye a dicha población, no es ni honesto ni criminal, ni pobre ni criminal, carece de clase, de sexo, de olor, pero tiene derechos (entre los cuales está el derecho a votar, que asegura la persistencia del sistema que lo ha producido), un poder adquisitivo variable y deseos.

3) La democracia escucha los deseos de los ciudadanos, porque no puede hacer otra cosa. Desde el momento en que gestiona y no dirige, necesita el consenso como el pez el agua. Y el consenso no podría fracasar puesto que él mismo es el principal producto de la democracia. Fuera de raras expresiones de antagonismo violento que es conjurado de manera permanente, uno se asegurará de calibrar el consenso, de hacer converger en puntos precisos los deseos singulares.

4) Mientras el capitalismo se garantice la vida, dicha convergencia queda ampliamente asegurada por el consumo y todo aquello que, universalmente, lo preserva (el trabajo, la policía, la familia, las relaciones mediadas por el dinero, etc.).

5)Cuando el ciudadano se dedica a “existir”, a desear fuera de los diagramas publicitarios, a trastornar las fatalidades de su vida cotidiana, a lanzar miradas excesivamente insistentes o impregnadas de una simpatía excesivamente desprovista de caridad hacia los no-ciudadanos, deviene un “sujeto potencialmente peligroso”, un casi-no-ciudadano, alguien que haría mejor con mirar la tele. Y ciertamente, no resulta indiferente el ya no ver en el pacto social sino una fábula para dormir a los hijos prudentes de las democracias, en nuestros “derechos” sino tantas incitaciones a no salir de una lamentable conformidad ortopédica, no resulta indiferente el ya no saber que uno está solo y vigilado, que nuestras “libertades” no son sino los juguetes que se nos dejan para distraernos mientras los gestores optimizan, cuentan y redistribuyen el número de muertes y de enfermedades en el mundo para los años por venir.

6) El buen ciudadano no existe y el mal ciudadano es el criminal potencial. Por consiguiente, el único horizonte posible de la ideología ciudadana es la vigilancia, y el único garante de su perpetuación es el sistema penal. De ahí la ecuación: ciudadano = poli.

7) En última instancia, el poli [flic] es el verdadero detentor del monopolio de la violencia legítima. Y es a cambio de esto que soporta la humillación de ser reducido a la obediencia; pues es obedeciendo como puede golpear, oprimir, en resumen: destapar su resentimiento de esclavo. El ciudadano es aquel que delega su violencia al poli, pero es en esta ocasión a cambio de esclavitudes múltiples (derechos de consumir, trabajar, divertirse, pasearse bajo el ojo vigilante de la ley punitiva), las cuales tienen como única finalidad tenerlo en su lugar, hacerlo permanecer amablemente en la habitación mientras los “otros” ejercen su arbitrariedad con total impunidad. Dicho de otra manera: el ciudadano es el poli de civil, desarmado, del Imperio cibernético, aquel que cree tener derechos y que se engaña.

8)Los “otros” son aquellos que no tienen que preocuparse por esa tontería que se llama la “Ley”, que la apartan con un gesto de enojo cuando se cruza en su camino, que la cambian con tranquilidad según sea necesario para su beneficio y su hegemonía; lo cual es, por lo demás, la única posición coherente en el seno de una sociedad capitalista. La cooperación más rentable será, por consiguiente, la de los mafiosos, los hombres de Estado, los capitalistas y la policía; y será también la más natural. Mientras tanto, se pagará a alguien para que cante a los ciudadanos una canción de cuna socialdemócrata y pacifista para que no lloren demasiado entre una pesadilla y otra. Y esto continuará hasta que la violencia golpee a sus puertas, hasta que alguien prenda fuego a su banco, a su coche, a sus estaciones de servicio, a sus sueños publicitarios que no se realizan jamás. Entonces la canción de cuna cambiará: “No se inquieten, es sólo la policía infiltrando a los manifestantes, o lo contrario, en pocas palabras: son unos locos, no es nada, no significa nada. ¡Pero qué horror!, vean toda esa sangre, ahora sí no es salsa de tomate, no es algo bonito que ver, ¿verdad? A ustedes les sucederá lo mismo si no se duermen, ¿vieron bien? ¡No vieron nada, vayan a dormir!”

 

Afinidad y elección. La democracia se basa en la idea de que la política es el reino del logos, de ahí la proliferación de los debates, la fetichización de la discusión como medio de resolución de los conflictos — en una época en que, por otro lado, nadie sabe ya hablar ni escuchar. La democracia pasa así por alto el hecho de que las evidencias políticas nunca son de orden lógico, sino siempre de orden ético. La esencia de toda comunidad no es discursiva sino electiva. La subsistencia de la “elección” en el seno de la democracia es sólo un señuelo oportuno: la elección sólo puede ser un movimiento recíproco, y ciertamente no el movimiento de escoger a favor de aquel o aquella que se ofrece. La práctica electoral no es, en este sentido, una práctica electiva, pues el elegido nunca elige a sus electores, tiene buenas razones para despreciarlos y sólo recurre a ellos durante su campaña para hacerlos callar mejor cuando llegue a gestionarlos.

 

El monopolio de la violencia. Persuadir a los ciudadanos a defenderse por sí mismos es inhumano y bestial; que la violencia es una abominación que hay que reprimir permanentemente hasta cansarse de sí mismo si es necesario —hallándose presente la violencia en la vida de los seres humanos al mismo grado que el oxígeno— ha sido siempre el sueño de los gobiernos. La democracia casi lo ha realizado, al mismo tiempo que se reserva todavía por cierto tiempo el absurdo privilegio de llamar a los hombres a matar y a hacerse matar en sus guerras con ella.

 

Allí donde hay que estar. Existe un aspecto de la represión que es raramente interrogado y que es, sin embargo, la base de toda lógica autoritaria: es la idea del lugar que cada quien debe tener. Que sepas permanecer en tu lugar, en el espacio y también en la jerarquía, es lo que te garantiza seguridad; y quien no está en su lugar bien se lo ha buscado… Lo mismo pasa en la lectura de clase dedicada a la sociedad: a los pobres y a los explotados les toca liberarse, a los ricos conservar y defender sus privilegios. Es así como se pasa de lado el carácter dinámico de la relación de dominación que hace que la mayoría de los explotados no se rebelen y trabajen meramente para hacer su vida semejante a la de su patrón, acondicionándose una existencia tan contrarrevolucionaria como este último cuando fuma su cigarro sentado en un sillón de cuero. En adelante, conformarse al lugar de patrón o al de esclavo fortalece de la misma manera la dominación en cuanto que ser empleado o patrono significa en nuestros días un rechazo idéntico del conflicto bajo todas sus formas. Ningún lugar de esta sociedad es ya revolucionario por sí mismo. La plebe ocupa el lugar de los sin-lugar, y éste es el único en el que uno puede sublevarse.

 

Desplazarse físicamente da, naturalmente, una excusa poderosa a la policía, puesto que uno no se encontraba efectivamente en su lugar al momento de ser arrestado. Pero en estas condiciones, ¿por qué no sublevarse en el lugar mismo? ¿Por qué, en lugar de manifestar que uno es igualmente tratado como extranjero en todas partes —lo cual es la condición del Bloom—, no manifestar que nuestro propio país y nuestro propio barrio nos son extranjeros/extraños/ajenos [étrangers] a nosotros y a los nuestros, que “nuestro lugar” no es nuestro lugar porque no queremos el que se nos concede? Y es entonces solamente que el ritornelo “nuestra patria es el mundo entero” recobrará algún sentido.

 

Cualquiera. El miedo que suscita el recurso a un medio proscrito por el dispositivo demócrata y que sin embargo no amenaza, el pasamontañas, es el miedo de lo cualquiera. Por supuesto que el Black Bloc no existe: y es por esto mismo que existe demasiado. Detrás de los pañuelos, las kufiyyas y los pasamontañas se oculta no importa quién, o quienquiera que no se disocie públicamente, pero quizá también quien lo hace. Detrás de la cara enmascarada se oculta el deseo de todo ciudadano a no ser ya controlado.

Tiqqun (Ma noi ci saremo, Tiqqun 2. Fragmentos)

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